sábado, 16 de agosto de 2014

La bailarina



Natalia tomaba el fusil en la sala de su casa. Néstor ocupaba una silla del comedor y en sus manos un vaso que parecía contener agua ocupaba su mirada. Ambos tenían frío. Afuera la vida ya no era. Todo se había ido al carajo hacía tiempo. La cosa era simple: había quienes no querían perder sus privilegios y había quienes ya no querían sostenérselos, la confrontación había sucedido desde el principio de los tiempos, era de esperarse que otra vez ocurriera, pero ni unos ni otros podían haber predicho que el día llegaría a este país de mierda.


—Si no quieres ir lo entiendo, pero no me pidas que no vaya —dijo Natalia al hombre de su vida.


Néstor seguía mirando el vaso de agua fría como si fuera el cáliz mismo que se trasmutaría en la sangre de dios. Entonces puso su mirada en Natalia, la mujer de su vida, con sus treinta y cuatro años y su cuerpo esbelto y diminuto porque antes de tener rifles en sus manos había sido bailarina. Su cabello estaba grasoso pues el servicio de agua había sido suspendido hacía varios días debido a los disturbios; por lo tanto el baño, la ducha, eran un privilegio de tiempos mejores; con perfumes y vanidad mitigaba un poco su hedor de hembra humana. Por su parte, Néstor, tenía todavía en su camisa manchas de sangre que no era de él sino la de desafortunados que morían en las calles y que él había tratado inútilmente de auxiliar; la higiene personal le importaba menos que no haber probado bocado en dos días. Estaba exhausto del estrés, de la violencia, de la muerte.


—Si te vas morirás allá afuera  —dijo al fin Néstor con la mirada más honesta de su existencia.


—Si me quedo moriré aquí adentro también —dijo inmutable Natalia apretando con fuerza su rifle.


—Eres bailarina y yo cuenta cuentos, no somos soldados —refutó Néstor colocándose de pie y avanzando hacía su Natalia —no sabes disparar esa cosa y además sabes que un rifle para matar venados no servirá contra la metralla de los soldados. ¡Todo esto es ridículo! No hay nazis allá afuera, nunca los hubo, pero cada generación debe inventarse su propia guerra.


El rifle no era para matar venados, era uno de esos que habían sido manufacturados en casa, los “hechos en casa” les llamaba la gente. Era uno de los rifles mortales a larga distancia, de sniper decían los conocedores. El rifle se miraba gastado y parecía querer contar su propia historia. A Néstor solo le habían dicho que era uno de los primeros rifles en su tipo pero que funcionaba perfecto porque este no tenía la obsolescencia programada, uno de los tantos complots en los que había creído Néstor toda su vida. El rifle lo había adquirido para usarlo él, pero ahora lo portaba Natalia.


—No te reconozco ¿dónde quedó el hombre que me hablaba de la libertad, de la igualdad, la democracia y la dignidad? Tú, Néstor, me enseñaste todo eso, me obligaste a ver más allá de mi mundo de niña mimada. Me mostraste como funcionaba el mundo y me hiciste ver lo que estaba mal: la injusticia, la pobreza, la muerte, ¡¿qué pasó con ese hombre que me conquisto?!


—¡Pues era sólo un hombre! ¡Nada más! ¡Y esas sólo son ideas, conceptos, abstracciones de un ideal que no se parece en nada a esto que pasa ahora!


—Te equivocas, estamos terminando de decirles que ya no más. Falta poco, se dieron cuenta de que ya no toleramos salarios miserables, empleos nefastos, educación sesgada y todo eso que hace que ellos tengan su vida de ricos…


—¡Tu familia es rica! ¡¿De qué chingados estás hablando?! —dijo Néstor enloquecido y con sus ojos rojos por el cansancio y la perdición.


—Mi familia… yo creía que mi familia estaba bajo este techo, pero ya no tengo familia.


Natalia miró al suelo y Néstor le cuestionó


—¿Y tú puedes recordar como en el principio despreciabas la violencia?


—Era apática, no pacífica.


—¿Si?, por cierto cuando ya estábamos en las marchas fuiste tú la que comenzó con la sugerencia de acciones más directas, ¡así que no me culpes de que hoy tengas un pinche rifle en tus manos!


—No te culpo a ti por eso, sé quiénes son los culpables.


—¡¿Y les pondrás una bala en la cabeza…?!


—Si es posible, si Dios me de ese privilegio…


 —¡Te amo, Natalia! —Arremetió Néstor con la última esperanza.


—Yo te odio, Néstor.


Néstor se puso de rodillas. Fue todo lo que Natalia necesitó para terminar de despreciar al hombre al que había amado.


—Eres un cobarde Néstor —dijo Natalia y salió por la puerta de su casa.


Afuera helaba la noche de invierno. “Primavera en Medio Oriente, Otoñó en Wall Street, Invierno en la Latinoamérica” cantaba la prensa, “Apesta a pólvora” vociferaban los reformistas. Una lágrima y nada más le dio Natalia a la muerte de su amor y sus días felices, luego, fue hasta la puerta de su casa y salió por ahí para unirse por siempre y para siempre a la ira colectiva. En casa, Néstor regresó a mirar el vaso de agua fría, no podía dejar de pensar cómo había comenzado todo aquello, al final bebió el contenido del vaso, esperó unos minutos, no hubo dolor pero el veneno hizo efecto.


¿Cómo había comenzado todo aquello…? Era una larga historia.

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