Natalia tomaba el
fusil en la sala de su casa. Néstor ocupaba una silla del comedor y en sus
manos un vaso que parecía contener agua ocupaba su mirada. Ambos tenían frío. Afuera
la vida ya no era. Todo se había ido al carajo hacía tiempo. La cosa era simple:
había quienes no querían perder sus privilegios y había quienes ya no querían
sostenérselos, la confrontación había sucedido desde el principio de los
tiempos, era de esperarse que otra vez ocurriera, pero ni unos ni otros podían
haber predicho que el día llegaría a este país de mierda.
—Si
no quieres ir lo entiendo, pero no me pidas que no vaya —dijo Natalia al hombre
de su vida.
Néstor seguía
mirando el vaso de agua fría como si fuera el cáliz mismo que se trasmutaría en
la sangre de dios. Entonces puso su mirada en Natalia, la mujer de su vida, con
sus treinta y cuatro años y su cuerpo esbelto y diminuto porque antes de tener
rifles en sus manos había sido bailarina. Su cabello estaba grasoso pues el
servicio de agua había sido suspendido hacía varios días debido a los
disturbios; por lo tanto el baño, la ducha, eran un privilegio de tiempos
mejores; con perfumes y vanidad mitigaba un poco su hedor de hembra humana. Por
su parte, Néstor, tenía todavía en su camisa manchas de sangre que no era de él
sino la de desafortunados que morían en las calles y que él había tratado
inútilmente de auxiliar; la higiene personal le importaba menos que no haber
probado bocado en dos días. Estaba exhausto del estrés, de la violencia, de la
muerte.
—Si
te vas morirás allá afuera —dijo al fin
Néstor con la mirada más honesta de su existencia.
—Si
me quedo moriré aquí adentro también —dijo inmutable Natalia apretando con
fuerza su rifle.
—Eres
bailarina y yo cuenta cuentos, no somos soldados —refutó Néstor colocándose de
pie y avanzando hacía su Natalia —no sabes disparar esa cosa y además sabes que
un rifle para matar venados no servirá contra la metralla de los soldados.
¡Todo esto es ridículo! No hay nazis allá afuera, nunca los hubo, pero cada
generación debe inventarse su propia guerra.
El rifle no era
para matar venados, era uno de esos que habían sido manufacturados en casa, los
“hechos en casa” les llamaba la gente. Era uno de los rifles mortales a larga
distancia, de sniper decían los
conocedores. El rifle se miraba gastado y parecía querer contar su propia
historia. A Néstor solo le habían dicho que era uno de los primeros rifles en
su tipo pero que funcionaba perfecto porque este no tenía la obsolescencia
programada, uno de los tantos complots en los que había creído Néstor toda su
vida. El rifle lo había adquirido para usarlo él, pero ahora lo portaba
Natalia.
—No
te reconozco ¿dónde quedó el hombre que me hablaba de la libertad, de la
igualdad, la democracia y la dignidad? Tú, Néstor, me enseñaste todo eso, me
obligaste a ver más allá de mi mundo de niña mimada. Me mostraste como
funcionaba el mundo y me hiciste ver lo que estaba mal: la injusticia, la
pobreza, la muerte, ¡¿qué pasó con ese hombre que me conquisto?!
—¡Pues
era sólo un hombre! ¡Nada más! ¡Y esas sólo son ideas, conceptos, abstracciones
de un ideal que no se parece en nada a esto que pasa ahora!
—Te
equivocas, estamos terminando de decirles que ya no más. Falta poco, se dieron
cuenta de que ya no toleramos salarios miserables, empleos nefastos, educación
sesgada y todo eso que hace que ellos tengan su vida de ricos…
—¡Tu
familia es rica! ¡¿De qué chingados estás hablando?! —dijo Néstor enloquecido y
con sus ojos rojos por el cansancio y la perdición.
—Mi
familia… yo creía que mi familia estaba bajo este techo, pero ya no tengo
familia.
Natalia miró al
suelo y Néstor le cuestionó
—¿Y
tú puedes recordar como en el principio despreciabas la violencia?
—Era
apática, no pacífica.
—¿Si?,
por cierto cuando ya estábamos en las marchas fuiste tú la que comenzó con la
sugerencia de acciones más directas, ¡así que no me culpes de que hoy tengas un
pinche rifle en tus manos!
—No
te culpo a ti por eso, sé quiénes son los culpables.
—¡¿Y
les pondrás una bala en la cabeza…?!
—Si
es posible, si Dios me de ese privilegio…
—¡Te
amo, Natalia! —Arremetió Néstor con la última esperanza.
—Yo
te odio, Néstor.
Néstor se puso de
rodillas. Fue todo lo que Natalia necesitó para terminar de despreciar al
hombre al que había amado.
—Eres
un cobarde Néstor —dijo Natalia y salió por la puerta de su casa.
Afuera helaba la
noche de invierno. “Primavera en Medio Oriente, Otoñó en Wall Street, Invierno
en la Latinoamérica” cantaba la prensa, “Apesta a pólvora” vociferaban los
reformistas. Una lágrima y nada más le dio Natalia a la muerte de su amor y sus
días felices, luego, fue hasta la puerta de su casa y salió por ahí para unirse
por siempre y para siempre a la ira colectiva. En casa, Néstor regresó a mirar
el vaso de agua fría, no podía dejar de pensar cómo había comenzado todo
aquello, al final bebió el contenido del vaso, esperó unos minutos, no hubo
dolor pero el veneno hizo efecto.
¿Cómo había
comenzado todo aquello…? Era una larga historia.

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