México era un país
miserable en toda regla. El estado nación había sido erigido sobre el dolor y
la pesadumbre de una conquista y saqueo que habían durado trescientos años, ese
dolor se había trasformado en complejo y ese complejo se había convertido en
miseria mental que era usada por la avaricia de una clase que había heredado
los privilegios de los anteriores conquistadores para gozar de las mieles del
abuso del trabajo ajeno. Muchos sueños se habían roto en México y ya casi no
quedaba ninguno vivo para cuando el siglo XX se había terminado. La era de la
información solo había extendido la noticia de que el país era una mierda
corrupta de la que mamaban unos pocos nacionales y no pocas veces algunas
alimañas extrajeras. Mientras en otros países el enojo ante el despojo y la
desigualdad derribaban gobiernos, en México no pasaba nada; su población
aguantaba estoica los aumentos, los ultrajes, la implantación cínica de nuevos
impuestos y la prostitución de los recursos naturales, todo a cambio de una
solemne paz que entre otros acuerdos no discutía el derecho del pueblo a la
televisión satelital y un piso que rentar para ver dicha televisión. Pero la
televisión no era el origen de todos los males ni el titiritero que manipulaba
a toda esa masa de gente explotada, tan solo era el catalizador que perpetuaba
los anhelos de un futuro mejor. Uno de esos anhelos, el de la transición
democrática se había quedado en eso y sobre los escombros de esa revolución
pacífica se erigía de nuevo el control del viejo régimen que había sabido
convertir durante los cien años anteriores la pobreza en votos y la ignorancia
en arma. En México la clase empresarial quitaba estorbo tras estorbo y cuando
ya solo se estorbaban entre ellos mismos, alguno de los monopolios se rompía
pero dejaba el modelo intacto. Al pueblo no había que darle ningún somnífero y
el circo ni siquiera era necesario, poco a poco los ambiciosos se fueron dando
cuenta de que aún si todo salía a la luz no había consecuencias: el pueblo se
indignaba, llenaba la red de internet de consignas y denuncias, de deseos y
exigencias de justicia, pero no atinaba a cambiar las cosas; no sabía cómo y al
final las opiniones de los que se decían objetivos se perdían entre los
insultos y los chistes de descrédito. El pueblo se tenía miedo y tenía más
miedo a la libertad pues era más fácil descalificar que aportar y tratar con el
otro. En ese ambiente, la clase política, empresarial y criminal, que a veces
eran la misma cosa, encontraron el paraíso de la impunidad sostenida por la
corrupción para sobrevivir por milenios si así lo querían. Actitudes, formas,
modos y costumbres se habían empapado de la corrupción y la habían transformado
en cultura, y peor aún, en cotidianidad a todos los niveles. Luego vino la
violencia y como había ocurrido con la corrupción, ésta se convirtió en el pan
de cada día. En ese México miserable había nacido Esperanza.
La niña fue fea
desde que nació y no mejoró con la edad: era prieta, flaca y sombría, tenía un
gran lunar en el cuello y sus cabellos eran imposibles de domar. Fue la menor
de tres hermanos y la única mujer. Su padre era uno de esos que trabajaba
esforzadamente en busca de un futuro mejor que nunca llegaba, se hacía viejo y
tanto trabajo no daba frutos ni terminaba de cuajar. La labor se hacía más
pesada por la edad pero su salario perdía valor con los años. Luego de veinte
años de matrimonio, José Esparza, el padre de Esperanza y herrero de oficio,
había perdido todo sentido de vida y se había convertido en un rutinario
superviviente. Cuando lo despidieron de la fábrica donde trabajaba no pudo
sostener su sueño de poner un negocio propio debido a las trabas que el
gobierno y los bancos ponían para eso y en pos de ese sueño fue que se endeudó
hasta el cuello. Su esposa se llamaba Judith, ama de casa abnegada, mujer que
sabía su lugar en el mundo y por lo mismo no había terminado la escuela
secundaria. Había conocido a José en la fábrica y el cuento de amor se había
ido por el caño cuando quedó embarazada. Los padres de Judith hablaron con José
y los obligaron a casarse. Ambos tenían veinte años y la joven familia heredó
un pequeño cuarto en la propiedad de los padres de José, ese cuarto mal terminado
de ladrillo, sin cimientos y que en invierno era un refrigerador y en verano un
horno, era lo único que la vida se había dignado a darle a la desvirtuada
pareja. Nadie sabe porque Judith le puso ese nombre a Esperanza cuando nació.
La niña había sido, de hecho, otro error del cálculo de la ovulación y el ciclo
de la luna que Judith trataba de llevar sistemáticamente para saber cuándo
decir a su esposo que no la usara esa noche. Entonces, el nombre de Esperanza
era de por si una burla pero a la niña le gustaba y cuando en primero de
primaria supo lo que su nombre significaba se lo tomó literal y decidió ser la
esperanza de su casa. No le fue fácil pero tampoco se tuvo que morir del
esfuerzo, sus hermanos eran de mentalidad simple y su madre ya estaba adaptada
a la rutina tanto como su padre, por tanto ser diferente en una familia de
calcas no fue complicado para Esperanza. Sus talentos en los estudios la
hicieron destacar de inmediato entre los suyos. Sobre todo las matemáticas,
siempre se le gustaron y hacer las labores escolares y las de la casa nunca se
le dificultó. Era sin duda la más alegre de su hogar y debajo de ese optimismo
guardaba siempre un método para resolver los problemas que tenía en su vida. De
esa forma, en quinto grado, pudo asistir a la olimpiada regional de matemáticas
porque había logrado juntar el dinero suficiente para pagar el autobús que era
necesario para ir de su pueblo a la capital del estado, vendiendo gelatinas en
el recreo en su escuela y los domingos en los campos llaneros de fútbol que
frecuentaban sus hermanos mayores. En dicha olimpiada había logrado el cuarto
lugar y eso la frustró, se prometió ser mejor pero sus padres ya no la dejaron
asistir a la olimpiada del año siguiente pues eso no era para mujeres. Su padre
se lo recordaba cada vez que podía: tú eres lista pero eres mujer. Y con esa
frase limitaba en todo a Esperanza, el objetivo de su padre no estaba falto de
amor como de conocimiento: José pensaba que su hija solo tenía futuro como ama
de casa y madre, pues aunque fuera la mejor de las estudiantes ¿cómo demonios
iban a poder pagarle una universidad? El destino estaba en contra de Esperanza
desde todas las perspectivas posibles.
Ese ambiente de
carencia solo ayudó a forjar la fortaleza de Esperanza pero al mismo tiempo
también el rencor y la frustración se iban acumulando en ella de a poco. Por
supuesto no podía evitar compararse, ya desde que tenía once años, con los que
si podían asistir a las olimpiadas de matemáticas, con los que si podían pagar
útiles nuevos cada ciclo escolar, con los que tenían coche, con las que tenían
ropa bonita y con las que si tenían novio. La envidia la angustiaba pero
siempre su optimismo la sacaba del apuro y la invitaba a seguir tratando.
Cuando su optimismo ya estaba muy minado en el primer año de la preparatoria,
un sustituto perfecto llegó a suplantarlo: la pólvora.
Marcos Tinoco era
un chico que definitivamente estaba fuera de toda regla. Los profesores de la
escuela preparatoria de Esperanza creían que tenía alguna especie de retraso
mental que lo hacía desvariar y comportarse en ocasiones como un auténtico
demente, pero el noventa por ciento del tiempo el joven se la pasaba
ensimismado en su propio mundo, que solo Dios sabía cuál era. Sus compañeros
sabían que tratar con él era boleto seguro para el universo de la locura y lo
que no tenía sentido. Le podían preguntar sobre una tarea y el respondía cosas
absurdas sobre programas de televisión y páginas de internet a las que el chico
parecía ser muy asiduo pero que no tenían ninguna relación con lo que se le
había preguntado. Esperanza, que era muy amiguera y abierta a platicar con
todos sobre cualquier tema, no se arriesgó tampoco con Marcos Tinoco pues
pensaba, como sus maestros, que el chico era autista, además Tinoco llevaba siempre
el uniforme sucio, el chico olía mal y Esperanza, que tenía buen olfato, no
soportaba estar cerca de él.
Un día de esos en
que el universo da un giro inesperado pero nadie lo nota porque el día no tiene
nada fuera de la rutina, la maestra regaño a Esperanza por estar platicando con
su grupo de siempre. Así, la cambio de lugar, pero Esperanza platicó igual con
los nuevos compañeros que tenía cerca. La maestra entonces optó por una medida
que ni Esperanza podría superar: la mandó sentar a un lado de Marcos Tinoco. El
grupo sabía que aquello era un verdadero castigo, Tinoco no se sentaba con
nadie. Esperanza juró que ya estaría callada y se portaría bien pero la
sentencia ya estaba dictada. La chica morena y delgada fue a sentarse a un lado
del niño de cabello chino, pelirrojo y piel clara llena de pecas por todas
partes. Esperanza estuvo callada los primeros minutos pero entonces tomó el
reto por los cuernos y molesta por haber recibido tremendo castigo saludó a
Tinoco. Un hola, dos holas, pero el chico no le respondía. Entonces tomo una
hoja de papel de su cuaderno y dibujo la palabra hola con una tipografía
redondeada y en colores pastel. El chico miró la hoja de papel y miró a
Esperanza.
—Hola—
le dijo.
Minutos después la
maestra escuchó otra conversación que interrumpía la clase y molesta volteó
hacía sus alumnos. Era la voz de Esperanza otra vez, pero ahora intercambiaba
comunicación con Tinoco. Fue el comienzo de una amistad sin precedentes en la
escuela. Esperanza ayudaba a Tinoco en sus tareas sin pedir nada a cambio,
aunque alguna vez le pidió que se bañara por favor y desde aquella petición
Tinoco se bañaba todos los días. A Esperanza comenzó a molestarle que los demás
creyeran que Tinoco y ella eran novios, pero justo cuando no soportaba aquellas
burlas Tinocó llegó un día con un regalo para ella. El chico esperó hasta la salida
para dárselo pero se lo había prometido desde la primera hora de clase.
Esperanza estaba entusiasmada. Al fin llegó el momento y Tinocó le pidió a
Esperanza que fueran a un lugar donde no los viera nadie.
—Oye,
si me quieres tocar o alguna cochinada…
El chico la miró
totalmente extrañado por lo que ella había dicho.
—No
quiero tocarte. Solo no quiero que vean que te voy a dar.
Los dos adolescentes
fueron hasta un terreno baldío cercano al colegio y a la sombra de un árbol, el
chico reveló el regalo frente a los ojos de Esperanza. Era un revolver.
