sábado, 4 de octubre de 2014

La niña del revolver



México era un país miserable en toda regla. El estado nación había sido erigido sobre el dolor y la pesadumbre de una conquista y saqueo que habían durado trescientos años, ese dolor se había trasformado en complejo y ese complejo se había convertido en miseria mental que era usada por la avaricia de una clase que había heredado los privilegios de los anteriores conquistadores para gozar de las mieles del abuso del trabajo ajeno. Muchos sueños se habían roto en México y ya casi no quedaba ninguno vivo para cuando el siglo XX se había terminado. La era de la información solo había extendido la noticia de que el país era una mierda corrupta de la que mamaban unos pocos nacionales y no pocas veces algunas alimañas extrajeras. Mientras en otros países el enojo ante el despojo y la desigualdad derribaban gobiernos, en México no pasaba nada; su población aguantaba estoica los aumentos, los ultrajes, la implantación cínica de nuevos impuestos y la prostitución de los recursos naturales, todo a cambio de una solemne paz que entre otros acuerdos no discutía el derecho del pueblo a la televisión satelital y un piso que rentar para ver dicha televisión. Pero la televisión no era el origen de todos los males ni el titiritero que manipulaba a toda esa masa de gente explotada, tan solo era el catalizador que perpetuaba los anhelos de un futuro mejor. Uno de esos anhelos, el de la transición democrática se había quedado en eso y sobre los escombros de esa revolución pacífica se erigía de nuevo el control del viejo régimen que había sabido convertir durante los cien años anteriores la pobreza en votos y la ignorancia en arma. En México la clase empresarial quitaba estorbo tras estorbo y cuando ya solo se estorbaban entre ellos mismos, alguno de los monopolios se rompía pero dejaba el modelo intacto. Al pueblo no había que darle ningún somnífero y el circo ni siquiera era necesario, poco a poco los ambiciosos se fueron dando cuenta de que aún si todo salía a la luz no había consecuencias: el pueblo se indignaba, llenaba la red de internet de consignas y denuncias, de deseos y exigencias de justicia, pero no atinaba a cambiar las cosas; no sabía cómo y al final las opiniones de los que se decían objetivos se perdían entre los insultos y los chistes de descrédito. El pueblo se tenía miedo y tenía más miedo a la libertad pues era más fácil descalificar que aportar y tratar con el otro. En ese ambiente, la clase política, empresarial y criminal, que a veces eran la misma cosa, encontraron el paraíso de la impunidad sostenida por la corrupción para sobrevivir por milenios si así lo querían. Actitudes, formas, modos y costumbres se habían empapado de la corrupción y la habían transformado en cultura, y peor aún, en cotidianidad a todos los niveles. Luego vino la violencia y como había ocurrido con la corrupción, ésta se convirtió en el pan de cada día. En ese México miserable había nacido Esperanza.

La niña fue fea desde que nació y no mejoró con la edad: era prieta, flaca y sombría, tenía un gran lunar en el cuello y sus cabellos eran imposibles de domar. Fue la menor de tres hermanos y la única mujer. Su padre era uno de esos que trabajaba esforzadamente en busca de un futuro mejor que nunca llegaba, se hacía viejo y tanto trabajo no daba frutos ni terminaba de cuajar. La labor se hacía más pesada por la edad pero su salario perdía valor con los años. Luego de veinte años de matrimonio, José Esparza, el padre de Esperanza y herrero de oficio, había perdido todo sentido de vida y se había convertido en un rutinario superviviente. Cuando lo despidieron de la fábrica donde trabajaba no pudo sostener su sueño de poner un negocio propio debido a las trabas que el gobierno y los bancos ponían para eso y en pos de ese sueño fue que se endeudó hasta el cuello. Su esposa se llamaba Judith, ama de casa abnegada, mujer que sabía su lugar en el mundo y por lo mismo no había terminado la escuela secundaria. Había conocido a José en la fábrica y el cuento de amor se había ido por el caño cuando quedó embarazada. Los padres de Judith hablaron con José y los obligaron a casarse. Ambos tenían veinte años y la joven familia heredó un pequeño cuarto en la propiedad de los padres de José, ese cuarto mal terminado de ladrillo, sin cimientos y que en invierno era un refrigerador y en verano un horno, era lo único que la vida se había dignado a darle a la desvirtuada pareja. Nadie sabe porque Judith le puso ese nombre a Esperanza cuando nació. La niña había sido, de hecho, otro error del cálculo de la ovulación y el ciclo de la luna que Judith trataba de llevar sistemáticamente para saber cuándo decir a su esposo que no la usara esa noche. Entonces, el nombre de Esperanza era de por si una burla pero a la niña le gustaba y cuando en primero de primaria supo lo que su nombre significaba se lo tomó literal y decidió ser la esperanza de su casa. No le fue fácil pero tampoco se tuvo que morir del esfuerzo, sus hermanos eran de mentalidad simple y su madre ya estaba adaptada a la rutina tanto como su padre, por tanto ser diferente en una familia de calcas no fue complicado para Esperanza. Sus talentos en los estudios la hicieron destacar de inmediato entre los suyos. Sobre todo las matemáticas, siempre se le gustaron y hacer las labores escolares y las de la casa nunca se le dificultó. Era sin duda la más alegre de su hogar y debajo de ese optimismo guardaba siempre un método para resolver los problemas que tenía en su vida. De esa forma, en quinto grado, pudo asistir a la olimpiada regional de matemáticas porque había logrado juntar el dinero suficiente para pagar el autobús que era necesario para ir de su pueblo a la capital del estado, vendiendo gelatinas en el recreo en su escuela y los domingos en los campos llaneros de fútbol que frecuentaban sus hermanos mayores. En dicha olimpiada había logrado el cuarto lugar y eso la frustró, se prometió ser mejor pero sus padres ya no la dejaron asistir a la olimpiada del año siguiente pues eso no era para mujeres. Su padre se lo recordaba cada vez que podía: tú eres lista pero eres mujer. Y con esa frase limitaba en todo a Esperanza, el objetivo de su padre no estaba falto de amor como de conocimiento: José pensaba que su hija solo tenía futuro como ama de casa y madre, pues aunque fuera la mejor de las estudiantes ¿cómo demonios iban a poder pagarle una universidad? El destino estaba en contra de Esperanza desde todas las perspectivas posibles.

Ese ambiente de carencia solo ayudó a forjar la fortaleza de Esperanza pero al mismo tiempo también el rencor y la frustración se iban acumulando en ella de a poco. Por supuesto no podía evitar compararse, ya desde que tenía once años, con los que si podían asistir a las olimpiadas de matemáticas, con los que si podían pagar útiles nuevos cada ciclo escolar, con los que tenían coche, con las que tenían ropa bonita y con las que si tenían novio. La envidia la angustiaba pero siempre su optimismo la sacaba del apuro y la invitaba a seguir tratando. Cuando su optimismo ya estaba muy minado en el primer año de la preparatoria, un sustituto perfecto llegó a suplantarlo: la pólvora.

Marcos Tinoco era un chico que definitivamente estaba fuera de toda regla. Los profesores de la escuela preparatoria de Esperanza creían que tenía alguna especie de retraso mental que lo hacía desvariar y comportarse en ocasiones como un auténtico demente, pero el noventa por ciento del tiempo el joven se la pasaba ensimismado en su propio mundo, que solo Dios sabía cuál era. Sus compañeros sabían que tratar con él era boleto seguro para el universo de la locura y lo que no tenía sentido. Le podían preguntar sobre una tarea y el respondía cosas absurdas sobre programas de televisión y páginas de internet a las que el chico parecía ser muy asiduo pero que no tenían ninguna relación con lo que se le había preguntado. Esperanza, que era muy amiguera y abierta a platicar con todos sobre cualquier tema, no se arriesgó tampoco con Marcos Tinoco pues pensaba, como sus maestros, que el chico era autista, además Tinoco llevaba siempre el uniforme sucio, el chico olía mal y Esperanza, que tenía buen olfato, no soportaba estar cerca de él.

Un día de esos en que el universo da un giro inesperado pero nadie lo nota porque el día no tiene nada fuera de la rutina, la maestra regaño a Esperanza por estar platicando con su grupo de siempre. Así, la cambio de lugar, pero Esperanza platicó igual con los nuevos compañeros que tenía cerca. La maestra entonces optó por una medida que ni Esperanza podría superar: la mandó sentar a un lado de Marcos Tinoco. El grupo sabía que aquello era un verdadero castigo, Tinoco no se sentaba con nadie. Esperanza juró que ya estaría callada y se portaría bien pero la sentencia ya estaba dictada. La chica morena y delgada fue a sentarse a un lado del niño de cabello chino, pelirrojo y piel clara llena de pecas por todas partes. Esperanza estuvo callada los primeros minutos pero entonces tomó el reto por los cuernos y molesta por haber recibido tremendo castigo saludó a Tinoco. Un hola, dos holas, pero el chico no le respondía. Entonces tomo una hoja de papel de su cuaderno y dibujo la palabra hola con una tipografía redondeada y en colores pastel. El chico miró la hoja de papel y miró a Esperanza.

—Hola— le dijo.

Minutos después la maestra escuchó otra conversación que interrumpía la clase y molesta volteó hacía sus alumnos. Era la voz de Esperanza otra vez, pero ahora intercambiaba comunicación con Tinoco. Fue el comienzo de una amistad sin precedentes en la escuela. Esperanza ayudaba a Tinoco en sus tareas sin pedir nada a cambio, aunque alguna vez le pidió que se bañara por favor y desde aquella petición Tinoco se bañaba todos los días. A Esperanza comenzó a molestarle que los demás creyeran que Tinoco y ella eran novios, pero justo cuando no soportaba aquellas burlas Tinocó llegó un día con un regalo para ella. El chico esperó hasta la salida para dárselo pero se lo había prometido desde la primera hora de clase. Esperanza estaba entusiasmada. Al fin llegó el momento y Tinocó le pidió a Esperanza que fueran a un lugar donde no los viera nadie.

—Oye, si me quieres tocar o alguna cochinada…

El chico la miró totalmente extrañado por lo que ella había dicho.

—No quiero tocarte. Solo no quiero que vean que te voy a dar.

Los dos adolescentes fueron hasta un terreno baldío cercano al colegio y a la sombra de un árbol, el chico reveló el regalo frente a los ojos de Esperanza. Era un revolver.